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(Relato de César Acuña extraído del libro “…Se hace camino al andar” de Jorge Díaz H.)
En repetidas ocasiones me han preguntado qué si yo hiciera un recuento de mi vida hasta el día de hoy y tendría que señalar el momento más feliz, ¿qué señalaría?
La verdad es que, ante esa pregunta, que incluso yo mismo me la he hecho a veces, no tendría una respuesta muy concreta. Pues siento que son muchas las oportunidades en las que, gracias a Dios, me he sentido el hombre más feliz del mundo.

Recuerdo, por ejemplo, cuando obtuve el premio de excelencia al concluir mi educación secundaria, las veces en las que veía cómo se expandía la Academia Ingeniería, las elecciones en las que fui designado por la votación popular dos veces representante ante el Congreso de la República, así como cuando, también en dos oportunidades, resulté elegido alcalde de Trujillo o cuando me entero del éxito que ha alcanzado un alumno egresado de la César Vallejo.
También, me siento muy feliz cuando recibo las manifestaciones de afecto en los lugares donde he creado escuelas y comedores populares. Me parece que el entusiasmo con el que me reciben niños, padres de familia y maestros es semejante al que percibí el día que mis paisanos me brindaron su afecto cuando retorné a mi tierra, Ayaque, después de cuarenta años de ausencia.
En fin. Es difícil señalar un momento de mayor alegría entre las alegrías que me ha dado la vida.
Ah. Pero lo que sí quisiera destacar es la felicidad, esa sí, incomparable, que sentí durante el sueño maravilloso de una noche. Ahora se lo cuento: Con esa imprecisión que se presentan los sueños, primero vi un camino largo que se perdía a la distancia, pero al borde del cual yo esperaba la llegada de algo o alguien, con una impaciencia indescriptible.

De pronto, el paisaje de mi sueño cambió y me vi en mi oficina de la Universidad César Vallejo de Trujillo. De afuera venía un bullicio proveniente de la gran algarabía, que yo imaginé era una celebración de los muchachos vallejianos.
Muy claro recuerdo que me asomo a la ventana y veo que, entre un camino que habían abierto los muchachos, venían dos personas, a quienes todos celebraban estentóreamente. Mi ansiedad por saber de quiénes se trataban me hizo bajar hasta la puerta del primer piso.
Y, ¿con qué sorpresa me doy? Algo increíble y a la vez tan emocionante como esas películas que uno ve entre sinfonías sonoras de alto volumen.
La algarabía era por el recibimiento que los alumnos daban a doña Clementina y don Héctor, mis padres. Extendí mis brazos para abrazarlos y pasaron de frente, como si yo fuera invisible a sus ojos. Se sentaron en dos sillas ante mi escritorio. Luego yo me veo nuevamente frente a ellos, que me miraban con el mismo gesto de cuando vivíamos en el campo, pero con una expresión un tanto misteriosa.
Y, sin que yo les preguntara nada, me anunciaron la razón de su visita. Fue sorprendente. Fue algo más que un sueño. Me dijeron con voz medio tímida y a la vez firme que venían a matricularse en la Universidad César Vallejo.

No pude resistir la emoción y lloré. Las lágrimas me despertaron.
Interpreté ese sueño como el saludo más significativo de mis padres, que venían desde la otra vida a darme el aliento que siempre supieron darme. A decirme lo orgullosos que estaban de mi obra académica, a tal punto que ellos llegaban, más que como mis padres, como mis hijos, a sentarse en la carpeta de un aula y aprender todo lo que la vida les negó cuando estuvieron en este mundo.
Sin duda alguna, ahora lo afirmo, qué aunque haya sido tan solo un sueño, es al fin de cuentas una experiencia personal, ese viene a ser el instante más feliz de mi vida. Nada puede haberme dado más alegría, más ternura.
Los vi un poco más viejos, pero con una mirada llena de juventud.
Ahora entiendo ese pensamiento de cierto escritor cuando dice que si los sueños son felices no es muy grato despertar.
Cuánto hubiera querido que ese sueño se explayara más y se convirtiera en el anhelo mayor de mi existencia: ver a mis padres recibir sus títulos universitarios y enfrentarse a la vida con una fortaleza aún mayor a la que siempre se enfrentaron.
Ellos, desde donde están, deben sentirse contentos de verme hacer lo que estoy haciendo. Ese sueño me lo hizo comprender, mejor dicho: me convenció de que en los recuerdos y en la eternidad de los seres queridos uno sigue viviendo y oyendo los consejos de quienes nos quieren de verdad.
Fue un bellísimo sueño, muy tierno, pero, al fin y al cabo, un suceso en mi experiencia personal.
(Libro: “CÉSAR ACUÑA PERALTA: Se hace ca mino al andar” /Autor: Jorge Díaz Herrera)




