

Escribe:
Manuel Rodríguez Romero
Periodista
Hay recuerdos que el tiempo no borra. Permanecen intactos en la memoria porque marcaron un antes y un después en la vida profesional. Uno de ellos ocurrió a fines de agosto de 1985, cuando una inesperada llamada telefónica cambió mi destino dentro del diario La Industria de Trujillo.
Aquella mañana, poco después de las ocho, me encontraba en la Redacción desempeñando mis labores como redactor principal de la sección Locales. En esos años, las noticias llegaban por teléfono, las máquinas de escribir no descansaban y el bullicio propio de una sala de redacción acompañaba el trajín cotidiano del periodismo.
De pronto sonó el teléfono de la sala de redacción que estaba junto a mi escritorio.
Al levantar el auricular escuché una voz pausada, firme y distinguida.
—¿Hablo con Manuel Rodríguez? —preguntó.
Respondí afirmativamente, sin imaginar quién estaba al otro lado de la línea. Era doña Ofelia Moral Hernández, viuda del embajador y empresario periodístico Vicente Cerro Cebrián, uno de los impulsores del Acuerdo de Cartagena y fundador de una de las empresas periodísticas más importantes del norte del Perú. Tras el fallecimiento de don Vicente, en 1971, doña Ofelia asumió, junto con sus hijas María Isabel e María Ofelia «Marigola» Cerro Moral, la conducción de la Empresa Editora La Industria.
Por entonces debía superar los 90 años de edad. Nunca antes había conversado con ella. Sabía que cuando visitaba Trujillo se reunía con el director, pero rara vez llamaba directamente a un periodista de planta. Por eso aquella comunicación me tomó completamente por sorpresa.
Sin mayores preámbulos fue al punto.
—Tengo entendido que usted fue editor del suplemento dominical LLAQTARY.
Aquel suplemento que nació en 1974 había dejado de publicarse después de la clausura militar que sufrió La Industria durante 21 días, en julio de 1977. Mi experiencia en esa publicación parecía no haber pasado desapercibida.
Después pronunció unas palabras que jamás olvidaría.
—Quiero encargarle la edición del suplemento Dominical de La Industria. Confío en usted porque sé que es una persona responsable.
Sentí una mezcla de orgullo, responsabilidad y nerviosismo. Apenas atiné a responder:
—Encantado, señora. Muchas gracias por la confianza.
No hubo entrevistas, concursos, memorandos ni resoluciones administrativas. Bastó aquella conversación telefónica para que la máxima propietaria de la empresa me confiara una de las responsabilidades editoriales más importantes del diario.
Poco tiempo antes, el Directorio, presidido por doña María Ofelia Cerro Moral, me había designado jefe de Redacción de La Industria, mientras el director encargado era Guillermo Miranda Pulido y la gerente general de la empresa en Trujillo era doña Isabel Cerro Moral.
Acepté el nuevo gran reto sin pensarlo dos veces. Tratándose de la propietaria de la empresa, su palabra era suficiente.
Así asumí la edición del suplemento Dominical. Nunca recibí un memorando formal ni un incremento salarial por esa responsabilidad adicional. Fue un trabajo extra que desempeñé paralelamente a la Jefatura de Redacción durante diez años consecutivos.

Diez años al frente de ambos cargos constituyen, probablemente, uno de los periodos más largos de permanencia simultánea en esas responsabilidades dentro de La Industria. Al renunciar Guillermo Miranda, como jefe de Redacción se me encargó por corto tiempo la Dirección del diario y el suplemento pasó a ser editado por Félix Alvarez. Permanecí en La Industria hasta enero de 1996, al renunciar para asumir la Dirección de Prensa de la Universidad César Vallejo por invitación personal de su fundador César Acuña.
Hoy, cuando el histórico diario La Industria ha cerrado sus puertas después de 130 años de existencia, aquella llamada vuelve a mi memoria con una fuerza especial.
No la recuerdo por el cargo que recibí, sino por lo que significó. Fue una muestra de confianza depositada en mi trabajo por doña Ofelia Moral y por su hija María Ofelia Cerro Moral. Una confianza que procuré honrar cada día ejerciendo un periodismo serio, responsable y honesto.
Las designaciones más importantes de la vida no siempre llegan mediante documentos oficiales. Algunas llegan con la sencillez de una llamada telefónica, pero con un peso moral que acompaña para siempre.
Esa llamada de agosto de 1985 es una de ellas.

