
Escribe:
Rubén Castro Ramírez
Periodista
Antes del amanecer los exteriores del Hospital Belén de Trujillo y luego los patios interiores se han convertido en el escenario más crudo de nuestra precariedad sanitaria. Hombres y mujeres —muchos de ellos adultos mayores— llegan desde las 4 de la mañana para intentar conseguir una cita médica por el Seguro Integral de Salud (SIS). No buscan un privilegio. Buscan atención. Buscan alivio. Buscan, en el fondo, dignidad.
Las colas interminables no son una novedad, pero sí una vergüenza persistente. En pleno 2026, cuando hablamos de digitalización del Estado y modernización de los servicios públicos, miles de asegurados del SIS deben exponer su salud —y hasta su seguridad— pernoctando en la vereda para obtener un turno que no siempre está garantizado. ¿Es esa la respuesta que el sistema ofrece a quienes menos tienen?
El problema no es solo logístico; es estructural. La demanda supera largamente la oferta de citas, las especialidades más requeridas colapsan en cuestión de minutos y el personal administrativo trabaja bajo presión constante. Pero nada de ello justifica que el usuario sea quien cargue con el mayor peso del desorden.
El Hospital Belén no es un establecimiento cualquiera. Es uno de los principales nosocomios de la región, referencia obligada para miles de pacientes de Trujillo y de provincias cercanas. Su historia centenaria y su rol social lo convierten en símbolo de servicio público. Precisamente por eso, duele más ver a madres con niños en brazos esperando bajo el frío o a pacientes crónicos rogando por una atención que debería ser oportuna.

Esta situación si había superado en gran parte, con la administración anterior del nosocomio que dirigía el doctor Víctor Fernández, había más orden y mejor atención, pero esta ha vuelto a su estado primigenio de cuando no había la tecnología moderna, que hay en la actualidad. Es inconcebible.
El SIS fue creado para cerrar brechas, no para ampliarlas. Su finalidad es garantizar acceso a la salud a la población más vulnerable. Sin embargo, cuando el acceso comienza con una madrugada en la calle, el sistema pierde legitimidad. La pobreza no puede ser sinónimo de espera humillante.
En los hospitales del Minsa y EsSalud se requieren medidas urgentes y concretas. La implementación efectiva de citas virtuales y telefónicas, la ampliación de horarios de atención, el incremento temporal de personal en áreas críticas y una distribución más equitativa de cupos podrían aliviar el caos. También es indispensable una supervisión permanente por parte de la Gerencia Regional de Salud y del propio Gobierno Regional de La Libertad para evitar que esta situación persista.

La salud pública no puede medirse solo en estadísticas de cobertura. Debe medirse en trato digno, en eficiencia y en humanidad. Las colas del Hospital Belén de Trujillo no son simples filas: son el síntoma visible de un sistema que aún no logra estar a la altura de quienes más lo necesitan.
Y mientras no se actúe con decisión, cada madrugada seguirá siendo un recordatorio incómodo de que la promesa de acceso universal a la salud todavía está en deuda con los más pobres.

