

Por Manuel Rodríguez Romero
Periodista colegiado
Pocos saben —aunque muchos lo veneran— que en 1651 un esclavo angoleño pintó la imagen de Cristo crucificado en una pared de adobe del barrio de Pachacamilla, en Lima. Desde entonces, la fe en el llamado Cristo Moreno ha trascendido los siglos, los terremotos y las fronteras.
La historia cuenta que, tras el violento sismo de 1665, aquella pared quedó milagrosamente intacta, mientras todo a su alrededor se derrumbaba. El hecho fue considerado una señal divina. Los fieles, en su mayoría afrodescendientes e indígenas, levantaron un culto fervoroso que creció sin medida. Algunos sacerdotes, alarmados por la magnitud de la devoción, ordenaron borrar la imagen. Pero los hombres encargados de hacerlo enfermaron misteriosamente, y la orden fue retirada.
En 1715, el Cristo de Pachacamilla fue declarado oficialmente “Guarda y Custodio de la Ciudad de los Reyes contra los temblores”, consolidando así su culto. Con los años, el Señor de los Milagros se convirtió en símbolo nacional de fe y esperanza.
Esta tarde, mientras la procesión del Señor de los Milagros avanzaba lentamente por la avenida Ejército, entre incienso, cánticos y lágrimas, recordé aquellas viejas transmisiones radiales que marcaron una época en Trujillo.
En los primeros años de la década de 1970, la procesión era narrada en vivo por Radio Sudamericana, que funcionaba en el edificio Jacobs, en la quinta cuadra del jirón Pizarro. La emisora, propiedad de Manuel Gamero, ocupaba el inmueble de cuatro pisos de la familia González de Orbegoso, antiguos dueños de la hacienda Chuquizongo, donde se criaban toros de lidia para las tradicionales corridas.
Quienes no podían acompañar la procesión, encendían la radio para escuchar la emotiva narración de un personaje inolvidable: el Tío Pepe.

El Tío Pepe con anteojos rodeado de su familia.
El Tío Pepe —nombre artístico de José Horacio Pimentel— era un hombre jovial, inquieto y dueño de una voz cálida que abrazaba al oyente. Aunque mayor que muchos de los jóvenes locutores, se integró con ellos con espíritu generoso. Nos enseñó el abecé de la radio, y nos contagió su pasión por comunicar.
Yo tenía 21 años y recién hacía mis primeros pasos en Radio Sudamericana, mientras cursaba estudios universitarios. Desde el primero de octubre, religiosamente, el Tío Pepe narraba cada tarde, en vivo, la historia del Señor de los Milagros. Era el único que radio-teatralizaba los milagros, recreando con voces, efectos y música el drama y la fe de los devotos. Su programa alcanzó una sintonía total.
Además, era conocido por sus espacios dedicados a los niños y por programas en vivo donde desplegaba esa “chispa criolla” que hacía reír y soñar. Nadie, hasta hoy, ha logrado igualar su estilo.
No puedo olvidar las reuniones que organizaba en la azotea del edificio, donde, entre risas y anécdotas, degustábamos los sabrosos ravioles que preparaban los mozos de El Gaucho, el restaurante parrillada del primer piso. Su dueño, el argentino Alfredo Servidio, además de ser un excelente pianista y bandoneonista, deleitaba a los clientes con tangos memorables.
Eran tiempos hermosos, de radio viva y fe compartida, cuando la voz del Tío Pepe unía a toda una ciudad frente al Cristo Moreno.
Hoy, mientras la procesión avanza entre flores moradas y oraciones, su eco todavía parece escucharse entre las calles de Trujillo.

