La palabra de SIGIFREDO ORBEGOSO/ ¡ Balacera en el atrio de la Catedral ! (1)

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¡BALACERA EN EL ATRIO DE LA CATEDRAL! (1)

Escribe:
Sigifredo Orbegoso V.
Hay páginas en la Historia Nacional que todavía están por escribir. Y ellas -como lo aconsejan los académicos – se hacen con documentos y con testimonios. Aquí va uno.
A pesar de los años transcurridos, muchos han oído de un choque sangriento que hubo en plena Plaza de Armas de Trujillo el 11 de Febrero de 1961, a la 1 de la tarde a pocos metros del local de la PIP y en el lado opuesto de la Prefectura; sin embargo, a pesar del grave atentado con un muerto y varios heridos, nunca intervino la Policía. Si el Dr. Luis DE LA PUNTE y sus compañeros hubiesen sido victimados – como parece era el plan – no se habrían encontrado asesinos a quién culpar. Eran los días de «CONVIVENCIA» Apro-Pradista.
En esos momentos dramáticos, en que cuando las palabras se agotan, las armas hablan. Con mayor razón si hay que repeler una agresión premeditada. Se tenía anunciada la venida del Sr. HAYA DE LA TORRE quien quería ser sucesor de Prado en un plan de reciprocidad. En Trujillo, el Apra Rebelde que ya se había convertido en Movimiento de Izquierda Revolucionario MIR, del cual era su Secretario General, luego de mi retorno de Cuba. Teníamos por local las oficinas del Estudio De la Puente que quedaban en los altos del Club de Leones, en el Jirón Pizarro a pocos metros de la esquina con la calle Gamarra.
En la ciudad se vivía un ambiente de tensión debido a las continuas agresiones que los «disciplinarios» del Apra consumaban contra nuestros jóvenes universitarios y profesionales que nos respaldaban. Claro, tenían sus «cuadros de choque» y esta vez, como nunca, estaban respaldados por autoridades y la Policía. Varios compañeros fueron pateados en la calle y algunos enviados al hospital. Un joven abogado, el Dr, José SALAZAR fue a pedir garantías al Prefecto Acuña, quien le dijo: «Si cuando pasa Ud. por Pizarro – donde quedaba el local del Apra – lo agreden entonces no pase por allí». Es decir, los compañeritos tenían «Licencia para matar».
Días antes de los hechos, De la Puente ya tuvo problemas al salir de Restaurante «Demarco» una noche, lo que obligó a sacar su revólver consiguiendo que se replegaran los «convivientes». Él tenía un Colt 38, pero para proyectiles especiales. Por eso al día siguiente reunidos en el local, le dije que, contrariamente a lo que pensaban los apristas, no teníamos armas. Salvo Gonzalo Fernández y Luis Pérez Malpica que habían comprado las suyas, pero yo no tenía. No obstante si a mi no me atacaban era porque había trabajado en clandestinidad y reorganizado el Partido con compañeros de la vieja guardia el 56. (Esta etapa ya lo he narrado señalando nombres; el penúltimo sobreviviente de ese grupo fue Don Juvenal ÑIQUE) Me contestó que llegarían algunas de Lima y así fue. Entonces Lucho me dijo: «Tú debes repartirlas y da las indicaciones».
Reuní a los indicados en el Estudio de Lucho que yo usaba también y les dije: » Fuera de los que tienen las suyas, tenemos muy pocas armas; son pequeñas y usadas. Espero que funcionen. No hay tiempo para probarlas. Todas están cargadas, pero no tenemos más municiones. Yo me quedé con una Mauser 32 de algún prófugo nazi. Disparen de modo de herir al mayor número. Y no se olviden de comenzar por el que siempre comanda a grupo de matones: Cava. Él era un tanto viejo, pero fuerte y perverso. Eso es todo.»
A la mañana siguiente, o sea el 11, estuvimos reunidos en el local con Pita Díaz, Gonzalo Fernández, Luis Pérez Malpica, Enrique Amaya, un joven alto que era compañero de Ayacucho quien estaba de paso por Trujillo y varios compañeros universitarios y amigos de Lucho, conversando sobre los posibles escenarios que se iban a presentar, dentro de ellos un ataque violento que se veía venir. Cerca de las 12 del día le dije a Lucho: «Ahora si hay quien te acompañe a almorzar. Yo voy a mi casa a traer ese reportaje que te hizo «LA NACIÓN» diario de entonces, y que tú me dijiste que lo respondiera porque tenías que viajar». «Está bien», me contestó. Al salir comprobé que en la esquina donde hoy es Interbak, estaba una combi blanca llena de matones desconocidos. Llegué a la esquina doblé a la derecha por Gamarra y me dirigí al paradero de colectivos frente al Mercado Central: tomé uno que me llevó al jirón La Unión donde vivía. (Continuará)

Manuel Rodríguez



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