
Escribe:
Manuel Rodriguez Romero
Periodista Colegiado

Falta nueve meses para cumplir los 200 años de la proclamación de la independencia del Perú y tan sólo dos meses de la proclamación de la independencia de Trujillo. Ambos son acontecimientos históricos muy trascendentes para los peruanos y liberteños en particular.
Estos hechos históricos los tenemos grabados en nuestra memoria y sin duda los recordamos siempre con mucha unción patriótica. Al respecto, muy frecuente escuchamos decir que vamos a celebrar el Bicentenario de la Independencia. Yo pregunto: celebrar?
Si bien es cierto, el Bicentenario es un acontecimiento muy importante para los peruanos, porque la proclamación significó el rompimiento con la cadena opresora española, después de casi tres siglos de la conquista, también es cierto que los males sociales subsisten en el Perú libre e independiente.
Es menester entonces que antes que celebrar deberíamos reflexionar, asumir el compromiso de construir un nuevo Perú, más solidario y justo, para alcanzar un real desarrollo integral o inclusivo. El reto es de la clase política, pero una clase política nueva y no la clase política vigente que ha llegado al poder gubernamental para defender intereses particulares y de la élite.
La corrupción es un mal social heredado de la colonia. Este mal social ha generado pobreza y ha impedido el crecimiento y el desarrollo del país. Desde el inició de la vida independiente ya había corrupción. Así lo corrobora la primera denuncia de corrupción a solo dos meses de proclamada la independencia.
Según el investigador Italo Sifuentes Áleman, se trata de un hecho de denuncia de corrupción ocurrido en Pisco y registrado en una carta oficial puesta en conocimiento del argentino Bernardo Monteagudo, ministro de Guerra y Marina de la naciente república peruana.

Fue el 9 de octubre de 1821, poco más de dos meses de proclamada el 28 de julio la independencia del Perú y un año después de producido el desembarco del general argentino José de San Martín en Paracas, Pisco.
Se suponía que la independencia debía acabar con todos los abusos, como la explotación del hombre por el hombre, incluida la corrupción en sus diversas manifestaciones. Sin embargo, esto no sucedió, la corrupción siguió cabalgando a través del tiempo, prolongando los niveles de pobreza y sub desarrollo.
La denuncia está firmada por John Goodfellow, propietario de la embarcación inglesa “Libonia”, a cargo del capitán A. Mackenzie, y fue dirigida al comandante del buque de guerra inglés “Superb”. Goodfellow da cuenta al comandante que le pidieron 8 mil dólares para dejarlo salir del puerto transportando su carga al Callao, entre la cual se encontraba el cotizado aguardiente que producía esta región vitivinícola.
En esa época, del puerto del Callao era embarcado el aguardiente hacia otras regiones del mundo. Dicho aguardiente es el ahora conocido famoso pisco, la bebida nacional bandera del Perú.
La corrupción, en consecuencia, es un mal social que se ha ido enraizando hasta en las altas esferas del poder gubernamental, a tal punto que el Perú tiene los gobiernos más corruptos de América Latina, con ex presidentes presos, otros con procesos judiciales y hasta un ex presidente se suicidó. Y los casos de corrupción aun no cesan.
Entonces podemos decir que la corrupción es el principal enemigo del crecimiento y desarrollo, enemigo del bienestar de todos los peruanos, mal social que no ha sido enfrentado radicalmente por ningún gobierno de turno.
Los peruanos, por eso, anhelamos que en este Bicentenario el Perú tenga un nuevo presidente, que enfrente la corrupción y la pobreza, que sea solidario, que gobierne con rostro humano, en favor de los intereses de las mayorías más necesitadas.
¿Será posible?

