

Escribe:
Carlos Paiva Zapata
Psicólogo
En la psicología, y en el paradigma de la salud integral, existen muchos fenómenos que permiten observar más de cerca las grietas de un sistema que solo funciona para los más privilegiados. Sin embargo, la respuesta de la ciudadanía ante una pandemia que, con años de investigación y preparación médica, nos encontró en “calzoncillos”, es la preocupación con la que los sesgos en la investigación científica de las ciencias sociales tienen pesadillas.
En el mismo canal del descontento de algunos sectores de la población, ante las inminentes nuevas medidas del estado, en un intento por frenar el avance de una segunda ola de estragos por el Covid-19, surge la pregunta de cómo el enemigo invisible, se volvió tan familiar, y a su vez, tan peligroso.
El concepto principal es simple, una persona infectada contagia a las demás. El problema es que, para contagiar a otra persona, debes tenerla cerca. A esos niveles, la cercanía, una característica casi innata en el estilo de vida latinoamericano, y, sobre todo, en la forma de pensar de las familias peruanas, se ha vuelto el enemigo, y nos ha llenado el corazón con una preocupación tremenda.
Aunque, si fuese necesario hablar de lo riesgoso de la cercanía, el Covid, y lo que representa el aislamiento social, tendríamos que estudiar una profesión completa sobre las bases del postmodernismo, quizás entendiendo por qué, la sociedad ha dejado de preguntarse si algún día se acabará la pobreza, el narcotráfico, o la corrupción. Por tal, resulta más conveniente observar las razones por las que “cuidarse” de este coronavirus, se ha convertido en el calvario de muchos peruanos.

Es aquí que se reluce el primer soporte, la mascarilla. Una herramienta casi milagrosa para la salud pública, pero una pieza endemoniada para el cuerpo del descontento. De leer la mente, sabríamos que esto opina el vendedor minoritario, la docente de salario mínimo, o el transportista que cumple un turno de 12 horas 6 veces por semana. Resultado de quizás, un pésimo manejo de los recursos públicos, o de la repartición imparcial de poderes del estado; pero consecuencia también, de una serie de estructuras cognitivas, maneras de sentir, y formas de entender, que no nos dejan otra opción, más que resignarse al “sálvese quien pueda”.
La mascarilla no nos está fallando, muy pocas personas ponen en práctica su uso correcto. Sin embargo, a diferencia del distanciamiento social, la mascarilla tiene una mecánica más complicada. En primera instancia, su uso debe ser continuo, desde que nos vamos de casa, hasta retornar. Además, debe elegirse la mejor alternativa, respecto a muchas opciones comerciales (quirúrgicas, de tela, industriales, etc.). Por consiguiente, sus delimitaciones deberían representar una llamada de advertencia a que, usar mascarilla no es suficiente, y debe complementarse con otros cuidados, como lavarse adecuadamente las manos, emplear el protector facial, o mantenerse apropiadamente alejados de quien fuese necesario.
Como ya se dijo, este no es un cuento de hadas, y fuera del papel todo es distinto. Solo con caminar unas cuadras, te puedes encontrar a muchas personas con sus mascarillas en el mentón, el cuello, en la mano, en el bolsillo, arrojándolas a la alcantarilla, en todos lados, menos en donde nos es útil.
Entonces, al debatir más allá de la obligatoriedad, y al cuestionar las normas que se publicaron hace poco en El Peruano, nos rehusamos a aceptar lo que realmente ocurre.
El primer pensamiento, que ya debe ser un cliché para las calles peruanas, es el “por un momento de descuido, no me pasará nada”, tan común e inseguro, como una rifa millonaria. En este pensamiento están involucrados todos, nuestra escuela de primaria, los medios de comunicación que no se interesan en la verdad, las redes sociales inexpertas en temas de salud, hasta nuestras amistades sedientas de anarquía y propia voluntad. Sin embargo, el único culpable puede estar en nuestro interior. Falta de empatía, inmadurez, muchas variables de estudio, poca información.
Eso no es todo; de superar ese pensamiento tan ludópata, las excusas son variadas, y de muchos sabores: “es que yo no sé de esas cosas”, “vi en un video que el uso prolongado mata”, “es solo una visita familiar”, “esto es una plandemia”, “nos incentivan el miedo”. Es más, resulta raro que estas formas de pensar no sean tan comunes en problemas como la pederastia de la iglesia católica en el Perú, o en la deficiencia del sistema de salud ante la epidemia del dengue en la selva peruana.
No basta con excusarnos en el desconocimiento, en no querer saber que este virus es pequeño (y que se puede expandir en el aire en un promedio de 4 metros), en que un rostro conocido no nos haría daño (a pesar de pertenecer a algún podio mundial de parricidios y fratricidios), en que no nos interesan los muertos y las familias destruidas (pretendiendo que no es importante si no hay temor), en que más gente murió en la segunda guerra mundial (casi una mentira autoexculpadora). Podemos incluso crear historias conspiracionistas respecto a que nos quieren de rodillas, o que nos tienden una trampa para regularnos en masa.
No nos debe contentar, porque no nos contentó la extinción de muchas especies en nuestro territorio, o la destrucción de ecosistemas ancestrales. No nos deben detener la lucha por nuestra “libertad”, porque no nos detuvimos cuando comenzamos a empacar las frutas en plásticos, o cuando dejamos de comer verduras. La verdad es que la prevención perdió a su público. Las cifras comenzaron a subir, y muy pocos están dispuestos a ayudar, o a dejar de poner excusas, y aguantar lo que ellos mismos pusieron sobre sus hombros.
Porque esta enfermedad no busca contentarnos, ni detenernos, no piensa, no siente, no entiende, no analiza, ventaja que deberíamos llevarle por mucho.
Para respondernos lo más importante, la psicología tiene muchas ideas, nos ayudará a sobrellevarlo; el problema es más que físico, está dentro de nosotros, como el dolor de perder a nuestro ser más querido, y estará ahí para cuando queramos hacer algo al respecto. Y no solo la psicología, la salud mental nos agradecerá, que luchamos de verdad, que nos subimos la mascarilla, que nos lavamos correctamente las manos, que no fuimos a esa fiesta, que vídeo llamadas en vez de hacer una “reunión familiar”. Y nosotros podemos decir, cuando el virus nos haya dejado en paz, que lo logramos.
Nos resulta invisible. Dejamos de notar al que camina con nosotros en la calle, obviamos sus razones, y nos centramos en hacer crítica de sus diferencias respecto a nosotros. Nos acostumbramos a vivir en la paradoja de ser un grupo, sin considerar al otro. Pero, afuera hay una guerra, la estamos luchando contra nosotros como país, y es lo que cualquier enemigo quisiera, la única manera en que nos podría vencer. Si lo dejamos, la cercanía volverá, las personas que estuvieron cerca no.

