OTUZCO: Amanecer y florecer en el Cholocday

OTUZCO DESDE LA ERMITA

 

Por:

Manuel Rodriguez Romero

Periodista

 

El primero de mayo no solo es una fecha dedicada a reconocer el esfuerzo de los trabajadores y conmemorar la lucha histórica por derechos laborales, originada por la huelga de 1886 en Chicago que exigía una jornada de ocho horas.

En muchos pueblos de la sierra, también es el día en que la fe, la tradición y la memoria se abrazan en la celebración de la Fiesta de las Cruces. Es una costumbre profundamente arraigada, donde niños, jóvenes y adultos ascienden a los cerros más cercanos, para florecer junto a las cruces que vigilan desde las alturas, esperando la llegada del alba, los primeros destellos del sol y los trinos de las aves de campo.

Florecer representa la renovación personal, anidar una nueva esperanza para lograr la prosperidad. Mayo es el mes bendito de la Virgen María. En este mes los cerros comienzan a ponerse verde luego de las lluvias, por lo que abundan los pastos y arbustos, las flores silvestres con su exquisito aroma de su néctar, que atrae a los picaflores.

En mi tierra natal: Otuzco, esta festividad se vivía con una intensidad especial. Aún guardo en la memoria aquellas madrugadas frías y silenciosas en cada primero de mayo. Salía de la casa de mis padres cuando el reloj apenas marcaba las cuatro de la mañana. El pueblo dormía, pero nosotros ya estábamos despiertos, movidos por la emoción de la tradición. Me reunía con mis amigos más cercanos, entre ellos José Collave, y emprendíamos juntos el ascenso para llegar a la cima del Cholocday.

El camino era oscuro, peligroso e inhóspito. Subíamos casi a tientas por senderos en zigzag, sorteando piedras y pendientes pronunciadas. El frío golpeaba el rostro, mientras el cansancio se mezclaba con la expectativa de llegar a la cima. Sin embargo, nada importaba cuando finalmente alcanzábamos la altura.

  • El cerro Cholocday, eterno guardián de la ciudad, visto desde el cementerio de Otuzco.

Desde la cumbre del cerro Cholocday, el paisaje era simplemente maravilloso. Allí arriba, la sensación era distinta: parecíamos formar parte del firmamento, confundidos con las estrellas que aún resistían la llegada del amanecer. Las estrellas estaban cerca de las manos. El cielo y la tierra parecían unirse en un mismo silencio.

Pero hubo algo que siempre me sorprendió y que aún permanece intacto en mi recuerdo: escuchar, desde las alturas, la música que salía de algún receptor de radio o de una vieja vitrola de las casas del pueblo. Abajo, Otuzco despertaba lentamente, mientras las melodías de huaynos y pasillos subían hasta nosotros como un eco cálido y familiar. Era una mezcla de distancia y cercanía, de nostalgia y alegría.

Como olvidar que para escalar el Cholocday teníamos que llevar como fiambre una portola de anchovetas y una botella de anisado para combatir el frío que invadía nuestro ser.

Qué hermoso era vivir aquella experiencia. Ha¡¡ y no faltaban los cigarrillos de anís silvestre que preparábamos, luego de secarlos al sol en días previos. No solo era una simple caminata sino un encuentro con la identidad, con la amistad y con las raíces que nunca abandonan la memoria. Era un encuentro íntimo con la naturaleza pura, cuyos testigos eran los pájaros que con el amanecer abandonaban sus nidos y los arbustos.

Manuel Rodríguez



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