

Por:
Manuel Rodríguez Romero
Periodista
Durante la reciente conmemoración por el aniversario de la provincia liberteña de Otuzco evidenció una preocupante desconexión entre las autoridades y la memoria histórica local.
Ni una ofrenda floral. Ni una mención de agradecimiento. El pasado 25 de abril, en la celebración del 165 aniversario de su creación política, el silencio fue el protagonista principal frente a quienes hicieron posible su nacimiento institucional.
Resulta difícil comprender cómo, en una fecha de tal trascendencia, se haya omitido reconocer a figuras clave como Carmelo Carranza Luján, quien fue el primero en alzar la voz públicamente en la plaza de armas para exigir la separación de Huamachuco y la creación de una nueva provincia.
Su iniciativa no fue aislada: también fueron gestores los parlamentarios otuzcanos José Corcuera y Nemesio Orbegoso, a quienes Carmelo Carranza apoyó para ser elegidos y cumplan ese rol. Orbegoso, descendiente del prócer de la independencia mariscal Luis José de Orbegoso y Moncada, fue el que logró finalmente el objetivo. Antes se sumó el diputado cajamarquino Pedro Gálvez, amigo de Carmelo Carranza, quien impulsó un segundo proyecto de ley que no fue aprobado.
Luego que Nemesio Orbegoso lograra que el Congreso de la República aprobara la ley, este fue promulgada por el presidente Ramón Castilla en 1861. Este personaje de la historia en abril de 1824 llegó a Otuzco al encuentro con Bolívar, a fin de enrolar su batallón a la causa libertadora. Así nació Otuzco como provincia, fruto de perseverancia, visión y compromiso con el desarrollo de una tierra que buscaba forjar su propio destino.

Sin embargo, en los actos protocolares recientes, estos nombres brillaron por su ausencia. No estuvieron en los discursos, ni en los homenajes, ni siquiera en un gesto simbólico de gratitud. Fueron ignorados, una vez más.
¿Se trata de desconocimiento por parte de las autoridades municipales? ¿O es negligencia, desidia, o simplemente falta de sensibilidad histórica? Cualquiera sea la respuesta, el resultado es preocupante. Cuando quienes lideran una comunidad no reconocen su pasado, están debilitando los cimientos de su identidad colectiva.
Más grave aún es el impacto en las nuevas generaciones. Al omitir estos referentes históricos, se priva a niños y jóvenes otuzcanos de conocer las raíces de su provincia, de entender los esfuerzos que permitieron su existencia como unidad política y social. Se les niega, en suma, una parte esencial de su identidad.

La historia no es un adorno ceremonial ni un discurso vacío. Es una herramienta viva que orienta el presente y proyecta el futuro. Fomentar una cultura del reconocimiento no es un acto simbólico menor: es una responsabilidad cívica. Recordar a quienes forjaron nuestros pueblos es también una forma de enseñar valores como la perseverancia, el compromiso y el amor por la tierra.
Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetir errores o, peor aún, a perder el rumbo. Otuzco merece más que celebraciones protocolares desprovistas de memoria. Merece autoridades que honren su pasado con la misma firmeza con la que dicen trabajar por su futuro.

