OPINIÓN/// Los sepultureros de la política

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Por:

Manuel Rodríguez Romero

Periodista

En tiempos de crisis, cuando la institucionalidad tambalea y la confianza ciudadana se resquebraja, aparecen con inusitada fuerza los llamados “sepultureros de la política”: aquellos que, lejos de contribuir a la reconstrucción del tejido democrático, prefieren hacer leña del árbol caído. Su discurso, cargado de oportunismo y cálculo, no apunta a corregir errores ni a fortalecer el sistema, sino a capitalizar el desgaste ajeno para obtener réditos inmediatos.

Esta actitud resulta preocupante en una sociedad que, como la nuestra, necesita con urgencia una política más sólida, más ética y más orientada al bien común. Como demócratas, el momento debería conducirnos a la reflexión serena, al análisis responsable y al compromiso de construir partidos políticos fuertes, con principios claros y con vocación de servicio. Sin embargo, lo que predomina es la descalificación fácil, la generalización injusta y la narrativa destructiva.

Conviene partir de una premisa fundamental: las organizaciones, por sí mismas, no cometen despropósitos; son las personas que las integran quienes pueden incurrir en errores o faltas. Esta distinción, aunque evidente, suele ser ignorada deliberadamente por quienes buscan desacreditar no solo a individuos, sino a proyectos políticos completos. Se instala así una peligrosa lógica de demolición que termina debilitando aún más las ya frágiles estructuras de la democracia.

En este contexto, la subjetividad política se convierte en un arma poderosa. No importa tanto la evidencia ni la trayectoria, sino la percepción que se logra imponer. Se construyen relatos destinados a enlodar la imagen de líderes políticos, despojándolos de matices y reduciéndolos a caricaturas funcionales a intereses coyunturales. Este fenómeno no solo es injusto, sino profundamente dañino para la democracia.

El caso de líderes como César Acuña ilustra con claridad esta dinámica. Más allá de las legítimas críticas que cualquier figura pública puede recibir, resulta innegable que su trayectoria ha estado marcada por un ideal persistente: vivir para servir. No obstante, esta vocación suele ser eclipsada por narrativas que buscan minimizar sus aportes y amplificar cuestionamientos, muchas veces desde posiciones cargadas de sesgo.

El problema de fondo no es la crítica —necesaria y saludable en toda democracia—, sino la intención con la que se ejerce. Cuando el objetivo deja de ser la mejora del sistema y pasa a ser la destrucción del adversario, la política pierde su esencia y se convierte en un campo de confrontación estéril.

Hoy más que nunca, el país necesita líderes, ciudadanos y opinadores que apuesten por la construcción antes que por la demolición. Necesitamos menos sepultureros de la política y más arquitectos del consenso. La democracia no se fortalece enterrando reputaciones ni exacerbando divisiones, sino promoviendo el diálogo, la responsabilidad y el compromiso genuino con el bien común.

Solo así podremos aspirar a una política que esté a la altura de los desafíos actuales y que recupere la confianza de una ciudadanía cada vez más incrédula, pero aún esperanzada.

Manuel Rodríguez



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