

Escribe:
Manuel Rodríguez Romero
Periodista
Conocí a Élder Antonio Lázaro Villacorta allá por los años setenta, cuando, en mi paso hacia las clases en la Facultad de Letras y Educación de la Universidad Nacional de Trujillo —cuyos ambientes se encontraban donde hoy funciona el Colegio Seminario San Carlos y San Marcelo—, solía acercarme a la redacción del vespertino Satélite para dejar algunas notas sobre las actividades de mi querido Club Santa Rosa de Otuzco.
Aquellas informaciones estaban destinadas a la muy leída columna deportiva «Sateloides». Élder Lázaro era jefe de Deportes del popular diario de la tarde. En ese entonces, ni en sueños imaginaba que, años más tarde, yo también incursionaría en el apasionante mundo del periodismo.
En la redacción de Satélite, hermano menor de La Industria, encontré a Élder Lázaro, a quien solicitaba publicar pequeñas notas sobre el fútbol otuzcano. Estas llegaban luego a manos del recordado René Sanguínez, cariñosamente conocido como el «Negro» Sanguínez (+), quien redactaba la columna deportiva.

Años después, como diría Diego Maradona, llegué «de la mano de Dios» a trabajar en el diario La Industria. Fue entonces cuando tuve la oportunidad de conocer más de cerca la extraordinaria sensibilidad humana y social de Élder Lázaro, así como su calidad profesional, cualidades que despertaron en mí una profunda admiración y respeto.
Haber compartido labores en una misma empresa editora me permite dar testimonio de su trayectoria y afirmar que el periodismo deportivo trujillano tiene en Élder Lázaro Villacorta a uno de sus más importantes referentes históricos.
Su nombre está ligado a una época en la que ejercer el periodismo deportivo significaba mucho más que informar sobre resultados y competencias. Implicaba promover valores, descubrir talentos, alentar a los jóvenes y contribuir al desarrollo del deporte en La Libertad.

Un periodista que eligió quedarse en Trujillo
Élder Lázaro Villacorta ejerció el periodismo con una vocación inquebrantable. Su trabajo trascendió las páginas de Satélite y se extendió a otros medios de comunicación, entre ellos La Palabra. También incursionó en la radio y la televisión, llevando a los aficionados información, comentarios y análisis sobre los acontecimientos deportivos.
Su prestigio traspasó las fronteras de nuestra región. Periodistas deportivos de importantes medios nacionales llegaban desde Lima para conocerlo, reconocer su trabajo e invitarlo a incorporarse a sus equipos periodísticos. Sin embargo, aquellas propuestas no lograron apartarlo de Trujillo.
Su respuesta, según recuerdo de aquella época, expresaba un profundo amor por la tierra que había elegido como espacio de vida y de trabajo: se quedaba en Trujillo porque amaba a esta ciudad y deseaba morir aquí, escribiendo sobre el deporte que lo apasionaba.
Y así fue. Su decisión de permanecer en nuestra tierra constituye una de las expresiones más conmovedoras de su identificación con Trujillo. Para prueba hizo una hermosa canción: » Cuando vayas a Perú» en homenaje a Trujillo. No necesitó trasladarse a Lima para demostrar su capacidad ni para alcanzar reconocimiento profesional. Su prestigio se construyó aquí, con trabajo, perseverancia y una profunda identificación con su gente.

Impulsor del deporte y formador de nuevas generaciones
Uno de los aspectos más valiosos de su trayectoria fue su compromiso con la promoción deportiva. Élder Lázaro comprendió que el periodista no debía limitarse a narrar lo que sucedía en los escenarios deportivos, sino que también podía convertirse en un agente activo del desarrollo social y humano.
Entre sus principales aportes destaca la creación del Maratón de La Industria, competencia que contribuyó a fomentar el atletismo y convirtió las calles de Trujillo en un espacio de encuentro para deportistas y ciudadanos.
También impulsó los torneos infantiles Pelota de Trapo y Chayita, iniciativas que promovieron la práctica del fútbol entre niños y jóvenes y ayudaron a fortalecer la participación de la niñez en las actividades deportivas.
Estas experiencias demostraron que el periodismo deportivo podía ir mucho más allá de la información: podía organizar, convocar, motivar y abrir oportunidades para quienes encontraban en el deporte una posibilidad de desarrollo personal.
Su labor constituye, por ello, un ejemplo de periodismo comprometido con la comunidad, capaz de unir la palabra escrita con la acción y de convertir una iniciativa periodística en una contribución concreta a la sociedad.

Del periodismo a la gestión municipal
Su vocación de servicio también lo llevó al ámbito de la gestión pública. Entre 1981 y 1983 se desempeñó como regidor de Deportes de la Municipalidad Provincial de Trujillo, responsabilidad desde la cual pudo aportar su experiencia y conocimiento a la promoción de las actividades deportivas en beneficio de la ciudadanía.
Su interés por el análisis deportivo quedó reflejado, asimismo, en su libro El Deporte y la Crítica, obra vinculada con su labor como comentarista y estudioso del acontecer deportivo.
A lo largo de su trayectoria recibió reconocimientos por sus aportes al periodismo y al deporte. Entre ellos destaca la distinción que le otorgó la Municipalidad Provincial de Trujillo con la Medalla de la Ciudad.
En mi condición de decano del Colegio de Periodistas del Perú, Consejo Regional de La Libertad, durante el período 2010-2013, tuve también el honor de otorgarle la Medalla de Amauta del Periodismo Deportivo, como reconocimiento a su destacada trayectoria y a su contribución al desarrollo del periodismo deportivo.
Para mí, aquella distinción tuvo un significado especial. No se trataba solamente de reconocer a un colega de larga experiencia, sino también de rendir homenaje a un profesional cuya labor había contribuido a formar parte de la historia deportiva y periodística de Trujillo.

Un legado que merece permanecer
Recordar a Élder Lázaro Villacorta es reconocer a una generación de periodistas que construyeron su prestigio en las redacciones, las cabinas de radio, los campos deportivos y el contacto permanente con la ciudadanía.
Su trayectoria nos recuerda que el verdadero periodista no se mide únicamente por la cantidad de noticias que publica ni por la popularidad que alcanza, sino también por la huella que deja en la sociedad, por su calidad humana y por su compromiso con la verdad y el servicio público.
Mantener vivo su recuerdo exige preservar la historia de sus iniciativas, documentar sus aportes y transmitir a las nuevas generaciones el valor de quienes hicieron de esta profesión una auténtica vocación de servicio.
Su nombre y su obra constituyen una página imborrable de nuestra memoria periodística. Y quienes tuvimos el privilegio de conocerlo tenemos también la responsabilidad de contar su historia para que las nuevas generaciones sepan quién fue, qué hizo y por qué merece ser recordado.

