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Hay recuerdos que permanecen intactos a pesar del paso de los años. Y hay escenas que, vistas con la perspectiva del tiempo, parecen anunciar lo que vendría después.
Escribe:
Manuel Rodríguez Romero
Periodista
Corrían los años en que un adolescente nacido en Santiago de Chuco llamado Elías Rodríguez Zavaleta cursaba sus estudios secundarios en la Gran Unidad Escolar Faustino Sánchez Carrión, en Trujillo. Tenía 11 años de edad. Era un estudiante inquieto, con facilidad para expresarse y, sobre todo, con esa seguridad frente al público que no suele pasar inadvertida.
Un día, aquel muchacho participó en un concurso de oratoria y obtuvo un importante triunfo.
La noticia llegó hasta las páginas del diario La Industria, donde por entonces yo trabajaba como periodista. Pero llegó de una manera muy especial: fue su padre, mi amigo Eusebio Rodríguez Vilca, quien me visitó personalmente para contarme, con evidente orgullo y satisfacción, el logro alcanzado por su hijo.
Eusebio no llegó solamente a compartir conmigo la alegría familiar. También me pidió que publicáramos aquella hazaña estudiantil. Para él, el triunfo de Elías merecía quedar registrado en las páginas del diario.

No lo dudé.
Le propuse que fuéramos juntos al colegio. Queríamos que el logro tuviera también un rostro y que la noticia estuviera acompañada de la fotografía del joven ganador. Así que emprendimos el camino hacia la Gran Unidad Escolar Faustino Sánchez Carrión, donde el reportero gráfico tomó las fotografías de rigor.
Y así, entre el orgullo de un padre y la alegría de un adolescente que comenzaba a descubrir el poder de la palabra, aquella noticia llegó al periódico.
Hoy, muchos años después, resulta inevitable mirar aquella escena con otros ojos.
¿Quién podía imaginar entonces que aquel estudiante que aparecía en las páginas de La Industria terminaría convirtiéndose en congresista de la República y en uno de los políticos de mayor trayectoria de La Libertad?
No puedo afirmar que aquella publicación haya sido su primera aparición en un medio de comunicación. Tampoco puedo asegurar que el concurso de oratoria haya sido el momento exacto en que algún dirigente político reparó en sus cualidades.
Pero existe una posibilidad que siempre me ha rondado la memoria.
Su destacada participación, su capacidad para hablar en público y aquella temprana facilidad para defender sus ideas quizá llamaron la atención de algún dirigente aprista. Tal vez alguien vio en aquel adolescente las condiciones de un futuro dirigente y decidió acercarlo a las filas del Partido Aprista Peruano, el partido de Víctor Raúl Haya de la Torre.

Quizá allí comenzó otro capítulo de su vida.
Lo cierto es que, antes de los discursos políticos, antes de las campañas electorales, antes del Congreso de la República y de las responsabilidades públicas, hubo un muchacho que se paró frente a un auditorio para defender sus ideas y que terminó ganando un concurso de oratoria.
Y hubo también un padre orgulloso que llegó hasta la redacción de La Industria para contarle a un amigo periodista que su hijo había triunfado.
Yo fui testigo de aquel momento.
Por eso, cuando años después vi a Elías Rodríguez Zavaleta convertido en dirigente político, candidato y congresista, inevitablemente regresaba a aquella escena en el Faustino Sánchez Carrión: un adolescente, una fotografía, un concurso de oratoria y un padre que intuía que su hijo tenía algo especial.

A veces, la historia de un político no comienza en una elección.
Comienza mucho antes, en un aula, en un escenario escolar, en un concurso de oratoria y en la mirada orgullosa de un padre.
Y quizá aquella vieja fotografía publicada en La Industria fue, sin que nadie pudiera saberlo entonces, una de las primeras páginas de la historia política de Elías Rodríguez Zavaleta.

