

Por:
Manuel Rodriguez Romero
Periodista
Por las calles del centro histórico de Trujillo, especialmente en los alrededores de la Plaza de Armas, hay dos personajes que forman parte silenciosa del paisaje urbano. Caminan despacio, siempre juntos, conversando entre ellos o saludando con cortesía a quienes ya los conocen desde hace décadas.
Muchos los observan con sorpresa: mismo rostro, misma contextura, misma piel cobriza y la misma serenidad en la mirada. Ambos usan gorra. Son los mellizos Mario y Julio Álvarez Pérez, dos hombres que parecen haber transitado la vida como un solo destino dividido en dos cuerpos.

Para evitar que la gente los confunda, hace años tomaron una decisión práctica y curiosa: uno de ellos llevaría bigote. “Sobre todo para evitar confusiones con las fans”, dice entre risas Mario, el más conversador de los dos. El del bigote es Julio.
Mario y Julio nacieron el 24 de mayo de 1955 en Cajamarca. La diferencia entre ambos fue apenas de segundos. Hoy cumplen 71 años y atraviesan un momento delicado de salud. El último viernes, uno era atendido en el Hospital Belén y el otro en el Hospital Regional. Padecen el mismo mal, pero mantienen intacta la fe y las ganas de seguir adelante. Su vida ha sido humilde, marcada por el esfuerzo cotidiano y la perseverancia.
Hace 35 años llegaron a Trujillo. Primero arribó Mario y después Julio. No podían vivir separados y cuando lo hacían se sentían mal. Son hijos únicos de Segundo Álvarez y Jesús Pérez. Desde entonces, la ciudad los adoptó como parte de su memoria popular.

La vida los llevó incluso fuera del país. Durante una temporada trabajaron en Bolivia vendiendo cuadros al óleo, que llevaban desde Trujillo. Recorrieron ciudades como Potosí, Sucre y Cochabamba ofreciendo las obras de arte. Julio regresó antes porque no logró acostumbrarse a la vida lejos del Perú, mientras Mario permaneció un tiempo más intentando abrirse camino.
Los conocí antes del año 2000. Luego ambos distribuían El Heraldo, un periódico editado en la Editorial Vallejiana de la Universidad César Vallejo, con el apoyo de César Acuña. Yo era el director-fundador y se distribuía de manera gratuita en colegios de Trujillo y el Valle Chicama. Lo hacían con puntualidad, educación y una humildad que dejaba huella. Mario poco después también fue distribuidor del semanario político Democracia, junto a Elena Torres, Larry Sánchez y otros diez colaboradores, a quienes les impuse sus chalecos institucionales.
Pero los mellizos no le hicieron ascos a ningún trabajo. También despacharon combustible en el grifo Cassinelli para solventar sus gastos. Solteros a sus 71 años, aprendieron desde jóvenes que la dignidad suele construirse con sacrificio silencioso.

* En el 2000 Mario integraba el equipo de distribución de los periódicos El Heraldo, y Democracia
Uno de los capítulos más recordados de sus vidas ocurrió en el antiguo cine Primavera, cuando don Lorenzo Otoya Ruiz, empresario cinéfilo y propietario de la sala, les dio trabajo. Allí hacían de todo: vendían boletos, elaboraban anuncios gráficos de las películas, promocionaban funciones y hasta trasladaban los rollos cinematográficos a otras salas de la ciudad.
En aquellos años del cine analógico, cuando una película debía proyectarse simultáneamente en varios locales, Mario y Julio se convertían en mensajeros del celuloide. Apenas terminaba un rollo en el cine Primavera, tomaban sus bicicletas y partían como un rayo hacia los cines Chimú y Popular para entregar la cinta y continuar la función. Era otro tiempo, cuando el cine tenía olor a película quemada y las calles del centro eran escenarios de carreras contra el reloj.

* Mario Fernando.
Luego llegó la modernidad y los antiguos cines fueron desapareciendo. Entonces los mellizos reinventaron nuevamente su vida. Desde hace años se dedican a la venta de libros usados. Participan en ferias, ofrecen textos en el Paseo Pizarro y, durante un tiempo, tuvieron un espacio en la Casa de la Identidad Regional. Hoy continúan buscando oportunidades para exhibir permanentemente los libros que consiguen con tanto esfuerzo. “Esperamos que la municipalidad nos apoye en esto”, expresa Julio.
Mario y Julio son más que dos hermanos idénticos. Son parte de la historia cotidiana de Trujillo. Dos hombres sencillos que han sobrevivido a los cambios del tiempo sin perder la humildad ni la compañía mutua. Caminan lento, sí, pero juntos. Como lo han hecho durante 71 años. Inseparables de por vida.

