
Escribe:
Manuel Rodriguez Romero
Periodista
Hay encuentros que no se olvidan. El mío con César Acuña ocurrió en 1984, en una escena cotidiana, lejos de los mítines, los auditorios repletos o las campañas electorales. Fue a la salida de la pollería “Los Ficus”, de Lucho Barrios Trujillano, en la avenida España, casi esquina con Mansiche y Orbegoso, en la siempre bulliciosa ciudad de Trujillo.Ese local ocupa hoy el restaurante “El Rincón de Vallejo”.

Recuerdo el apretón de manos firme y la sonrisa amplia. Tenía —y tiene— un carisma natural, una jovialidad que rompía cualquier formalidad y una sencillez que generaba confianza inmediata. Esa fue mi primera impresión: la de un joven emprendedor seguro de sí mismo, pero cercano, sin poses. Y, debo decirlo, esa esencia no ha cambiado con el tiempo. Es el mismo que conocí en 1984.
Por entonces, gustaba mucho de la música folclórica. Más de una vez nos dimos un tiempo por la noche para ir a la peña “Los Reyes”, en la avenida América, a media cuadra del cuartel militar “Ramón Zavala”. La peña funcionaba en la casa del extraordinario pintor y retratista Armando Reyes Castro, integrante del grupo Trilce. Allí, entre guitarras, cajones y voces andinas, se tejían conversaciones largas sobre educación, esfuerzo y futuro. El grupo de siete músicos —todos hijos de Armando Reyes— no solo animaba las noches trujillanas; también ofrecía conciertos en Lima y otras ciudades, antes de alzar vuelo hacia Europa. Aquellas veladas revelaban otra faceta de Acuña: la del hombre que disfrutaba el arte y la cultura popular.

En 1985 lo visité en su academia, a la vuelta de la esquina, a media cuadra del diario La Industria donde trabajaba, para pedirle información sobre un concurso de Matemática que organizaba para escolares de cuarto y quinto de secundaria. El certamen había despertado un interés inusitado en los colegios de Trujillo y del valle Chicama. Cientos de estudiantes participaban atraídos por premios significativos: becas y medias becas para prepararse en la academia. Aquello no era solo una estrategia académica; era una forma de abrir oportunidades.
Ya entonces demostraba su espíritu creativo e innovador. Fue pionero en implementar los simulacros de exámenes de admisión en su Academia “Ingeniería”. Ninguna otra academia en Trujillo —ni en el Perú— lo hacía en ese tiempo. Junto a sus colaboradores más cercanos, elaboraba un banco de preguntas que permitía a los alumnos enfrentarse a una experiencia casi idéntica a la del examen real. El objetivo era claro: familiarizarlos con la prueba y, sobre todo, quitarles el miedo.

Para construir ese banco de preguntas, se quedaba hasta altas horas de la madrugada. Las evaluaciones eran impresas en mimeógrafo por su secretaria, Matilde Padilla, quien “picaba” cuidadosamente las preguntas en los esténciles. Era un trabajo artesanal, paciente, hecho con la convicción de que la preparación rigurosa marcaba la diferencia.
La academia se convirtió pronto en una de las más prestigiosas y solidarias del norte del país. Llegaban alumnos de distintos departamentos del nororiente, atraídos no solo por el nivel académico, sino también por la política de apoyo a estudiantes de escasos recursos. Acuña dispuso que muchos de ellos estudien becados o con media beca. Asimismo, otorgaba beca integral a los egresados del colegio estatal de Tacabamba, donde cursó la secundaria. Era su manera de devolver oportunidades al lugar que lo formó.

Así lo conocí: no como el personaje público que hoy ocupa titulares, sino como el joven educador empeñado en transformar vidas a través del estudio. En una pollería de barrio comenzó una amistad que ha resistido el paso del tiempo. Y cada vez que evoco ese primer saludo en la avenida España, confirmo que, más allá de los cargos y las coyunturas, hay rasgos que permanecen intactos: la sonrisa franca, la cercanía y la convicción de que la educación es el camino


