

Por:
Manuel Rodríguez Romero
Periodista
Hay personas cuyo destino parece escribirse mucho antes de que la historia las convierta en personajes públicos. A César Acuña lo conocí cuando todavía no existía la Universidad César Vallejo, cuando era maestro emprendedor que dirigía una academia preuniversitaria y hablaba de educación con la pasión de quien estaba convencido de que podía cambiar el destino de los más pobres.
Corría 1984. Yo trabajaba como periodista en el diario La Industria de Trujillo. La redacción estaba ubicada en la calle Gamarra, a media cuadra de la Academia Ingeniería, el centro de preparación preuniversitaria que César Acuña había fundado para ayudar a cientos de jóvenes a ingresar a la universidad.
En aquella época nadie imaginaba que un provinciano terminaría construyendo una de las instituciones universitarias más grandes del Perú. Sin embargo, quienes conversábamos con él advertíamos que no se conformaba con preparar postulantes. Su mirada iba mucho más allá.
Recuerdo que hablaba con frecuencia de los jóvenes que abandonaban sus estudios porque no podían pagar una universidad o porque nunca lograban superar los exámenes de admisión. Esa realidad parecía inquietarlo profundamente. Decía que el talento no debía depender del dinero ni del lugar donde uno había nacido.
Con el paso de los años comprendí que aquellas conversaciones no eran simples comentarios. Eran el esbozo de un proyecto de vida. Todo este recuerdo regresó a mi memoria al encontrar en mi archivo personal la foto que ilustra esta crónica. Ahí están mis compadres y amigos: Armando Reyes, Ernesto Jimeno y César Acuña.
En 1991 ese sueño comenzó a tomar forma con la creación de la Universidad César Vallejo. Su propósito era claro: democratizar la educación superior y ofrecer oportunidades a miles de jóvenes provenientes de familias humildes, convencido de que un título profesional podía cambiar no solo la vida de una persona, sino también la de toda una familia.
No era un discurso aprendido. Era la consecuencia de su propia experiencia. César Acuña sabía lo que significaba abrirse camino con esfuerzo. Había comprobado en carne propia que la educación era la herramienta más poderosa para romper el círculo de la pobreza y por eso decidió dedicar gran parte de su vida a extender esa oportunidad a otros.
Hubo un escenario a donde fuimos más de un par de veces con César Acuña, por entonces menos conocido por la opinión pública. Ese lugar era la peña «Los Reyes», ubicada en la avenida América, muy cerca del entonces cuartel militar Ramón Zavala.
Aquel lugar era mucho más que una peña folclórica. Era un refugio de artistas e intelectuales trujillanos. Funcionaba en la casa del extraordinario pintor y retratista Armando Reyes Castro, integrante del legendario Grupo Trilce. Sus cinco hijos, todos notables músicos, interpretaban con maestría huaynos, mulizas, carnavales y otros ritmos andinos que, años después, los llevarían a presentarse en importantes escenarios del Perú y Europa.
Entre guitarras, charangos y quenas transcurrían largas conversaciones.
Allí descubrí a un hombre sencillo, orgulloso de sus raíces, amante del folclore y profundamente convencido de que el conocimiento era la única riqueza que nadie podía arrebatarle a una persona.
No hablaba de poder político ni de campañas electorales. Hablaba de educación.
Hablaba de oportunidades.
Hablaba del Perú profundo.
Con el tiempo, aquella visión dejó de ser una aspiración para convertirse en una realidad tangible. Miles de jóvenes que jamás imaginaron vestir una toga y birrete pudieron graduarse gracias a una universidad que abrió sus puertas cuando muchas otras permanecían cerradas para quienes no tenían recursos económicos.
Más de cuatro décadas después sigo convencido de que el mayor legado de César Acuña no se mide únicamente por la expansión de una universidad ni por la cantidad de sedes construidas. Su obra más importante está en las miles de historias de superación que comenzaron el día en que un joven de origen humilde recibió la oportunidad de estudiar una carrera profesional.
Porque las instituciones pueden levantarse con ladrillos y concreto, pero los verdaderos legados se construyen transformando vidas. Y esa fue, desde el principio, la apuesta de César Acuña.

