

Manuel Rodríguez Romero
Periodista e historiador
manuelbrr@hotmail.com
Este 25 de abril se conmemora el 165 aniversario de la creación política de la provincia de Otuzco.
En la historia de Otuzco hay nombres que resuenan con fuerza y otros que, pese a su enorme importancia, permanecen injustamente en silencio. Uno de ellos es Carmelo Carranza Luján, el principal gestor de la creación de la provincia y su primer subprefecto. Un protagonista clave al que, paradójicamente, la ciudad —Capital de la Fe— aún no le ha dedicado siquiera una calle.
¿Quién fue este personaje olvidado?
Carmelo Carranza nació el 16 de julio de 1823, hijo de Fructuoso Carranza y María Luján. Se formó en el Seminario de Trujillo, donde estudió Ciencias desde 1842. Pero su destino no estaría en la vida académica, sino en la agitación política de su tiempo.
Doce años después, se sumó al movimiento contra el gobierno del general Echenique. En plena Plaza de Armas, y en sesión pública, lanzó una demanda que marcaría su vida: la división de la provincia de Huamachuco para dar paso a una nueva jurisdicción: Otuzco.
La caída de Echenique abrió una oportunidad. Se convocaron elecciones y Carranza apoyó la candidatura de Manuel José Corcuera, pero con una condición clara: que, de llegar al Congreso, impulsara la creación de la nueva provincia. Sin embargo, el tiempo pasó sin resultados.
Lejos de resignarse, en 1859 Carranza viajó a Lima. Allí buscó al diputado cajamarquino Pedro Gálvez y logró que presentara el proyecto de ley. Tampoco prosperó. La causa parecía estancada, hasta que un nuevo actor entró en escena: Nemesio Orbegoso, quien retomó las gestiones.
El esfuerzo rindió frutos en 1861. Durante el gobierno de Ramón Castilla se aprobó la ley que creaba la provincia de Otuzco. Carranza fue nombrado su primer subprefecto. Como reconocimiento, recibió un bastón con empuñadura de oro, obsequio de Vicente González Pinillos.
Desde el cargo, no perdió tiempo. Impulsó la educación, promovió obras públicas y soñó con una carretera que conectara Trujillo con la sierra liberteña, visión adelantada para su época. También inició la construcción de la capilla del Corazón de Jesús, tras la caída de la iglesia principal, y ordenó levantar un puente de piedra sobre el río Pollo.
En 1863 dejó el cargo y volvió a la actividad privada, sin alejarse del todo de la vida pública. Ya había incursionado en la minería, formando una sociedad con Liberato Méndez para explotar la mina “Caridad”.
Años después, en medio de la revolución contra el coronel Prado, encabezada por el coronel Balta, Carranza volvió a involucrarse. Apoyó al movimiento con recursos y respaldo popular. Tras una victoria clave en el cerro Cushay Majada, Balta atribuyó el triunfo a la Virgen de la Puerta y prometió regalarle un manto bordado en oro.
La historia tomaría un giro simbólico: el manto, enviado en 1869, se convirtió en objeto de devoción y atractivo para peregrinos, hasta su robo en 2011, un hecho que aún permanece impune.
La vida política de Carranza también alcanzó el Congreso. Elegido diputado suplente, asumió la curul y defendió con firmeza la creación de un colegio de instrucción media en Otuzco. Su discurso, registrado en el Diario de Debates de 1868, fue decisivo para la aprobación del proyecto.
Así, en 1870 nació el colegio de la Purísima Concepción, cuyo primer rector fue el doctor Mariano Carranza. La institución empezó a funcionar en la propia casa del gestor, símbolo del compromiso personal con la educación.
No todos sus esfuerzos tuvieron éxito. No logró que la hacienda Lláugueda pasara a manos del colegio, lo que habría asegurado su sostenimiento. Con el tiempo, la propiedad terminó en manos del colegio San Juan de Trujillo.
En 1871, enfermo y tras trabajar en sus minas, regresó a Otuzco. Fue nuevamente designado subprefecto, pero rechazó el cargo por razones políticas. Poco después, el 17 de marzo de 1872, murió en su tierra.
Su historia —junto a otras de Otuzco— fue rescatada décadas más tarde en el periódico Los Andes de Cerro de Pasco, gracias al impulso de su hijo, el empresario minero Cristian Carranza.
Hoy, su legado sigue presente en la historia, aunque no en el nomenclátor de la ciudad. Una deuda pendiente con quien ayudó a darle identidad.

