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A 15 años de su partida, su última lección de periodismo sigue vigente.

Por:
Manuel Rodríguez Romero
Ex vicedecano nacional del Colegio de Periodistas del Perú
Hay periodistas que ejercen una profesión. Y hay otros que convierten el periodismo en una forma de vida. Manuel Jesús Orbegoso, maestro del periodismo nacional, pertenece a esa segunda estirpe.
Este 12 de setiembre de 2026 se cumplen 15 años de su fallecimiento. Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo personalmente, así como quienes se acercaron a su vasta producción periodística e intelectual, todavía sentimos su ausencia. Su voz, sus crónicas, sus enseñanzas y, sobre todo, su manera de entender el oficio permanece entre nosotros.
MJO, las iniciales con las que firmaba sus reportajes, dejó una huella profunda en el periodismo peruano. Su ejercicio profesional estuvo marcado por el rigor, la investigación y la ética. Para él, ser periodista significaba, ante todo, buscar la verdad y tener el valor de publicarla.

Nació en Otuzco, tierra de la Virgen de la Puerta, donde realizó sus estudios primarios en la escuela “Juan Alvarado”, cercana al templo de la patrona de la provincia. Después cursó la secundaria en el Colegio Seminario San Carlos y San Marcelo, donde incluso llegó a enseñar Inglés, idioma que aprendió prácticamente por cuenta propia, imponiéndose una disciplina singular: aprender diez palabras nuevas cada día.
Por entonces vivía en una humilde vivienda de los arenales del balneario de Buenos Aires, cuando aquel lugar todavía era habitado por pocas familias. Fue allí, precisamente, donde comenzó una historia que él mismo resumiría muchos años después con una frase que parecía salida de una de sus crónicas:
“Yo nunca iba a ser periodista, pero el destino quiso que sí lo fuera”.
UNA NOTICIA QUE LE CAMBIÓ LA VIDA
Su ingreso al periodismo ocurrió en el desaparecido diario La Nación, de Trujillo. Allí comenzó publicando poemas los domingos y, casi sin proponérselo, terminó escribiendo su primera noticia.
La historia parece salida de una película.
Una mañana, en Buenos Aires, asistió a la inauguración de una plaza convocada por el alcalde. Mientras los vecinos conversaban discretamente, MJO escuchó una acusación que llamó poderosamente su atención: aseguraban que la obra había sido sobrevalorada y que el alcalde se habría beneficiado económicamente.
La indignación de los vecinos despertó su curiosidad.
Ese mismo día llegó al diario La Nación para entregar sus poemas. Pero algo había cambiado. El “bicho” del periodismo había comenzado a picarle. Decidió contar lo que había escuchado.
La noticia apareció el domingo en primera plana: la obra de la plaza habría sido sobrevalorada.
El escándalo no tardó en llegar.
El alcalde acudió indignado a la redacción y reclamó al director por aquella publicación, calificándola de tendenciosa y exigiendo una aclaración.
El director mandó llamar al joven MJO y le reprochó duramente haber hecho quedar mal al periódico con una información que, según él, era falsa.
Entonces escuchó una frase del director que pudo haber acabado con cualquier vocación naciente:
“Tú no sirves para periodista”.
Orbegoso regresó a Buenos Aires triste, avergonzado y, seguramente, dispuesto a preguntarse si realmente aquel oficio era para él.
Pero el destino todavía tenía otra página que escribir.

“WINCHA EN MANO”
En el camino se encontró con el joven ingeniero Jorge Torres Vallejo, el “cabezón Torres”, a quien contó lo ocurrido.
El ingeniero decidió ayudarlo.
Se ofreció a revisar técnicamente la obra para determinar si la denuncia de los vecinos era cierta o falsa.
La comprobación fue minuciosa. “Wincha en mano”, midieron el perímetro de la plaza, calcularon el metraje y determinaron la cantidad de cemento y ladrillos utilizados.
El resultado fue contundente: la obra, efectivamente, había sido sobrevalorada.
Con el informe técnico firmado por el ingeniero civil, MJO regresó a la redacción de La Nación.
La nueva información llegó nuevamente a la primera página.
Esta vez, la noticia no era una versión recogida al azar. Había investigación, comprobación y sustento técnico. El alcalde terminó siendo cuestionado y, poco tiempo después, fue destituido.
Aquella experiencia marcaría para siempre la concepción periodística de Manuel Jesús Orbegoso.

LA ÚLTIMA CLASE
Cinco meses antes de su muerte, MJO volvió a Trujillo. Quería conocer el lugar donde sería instalada la importante biblioteca de aproximadamente cinco mil ejemplares que había donado a la Municipalidad Provincial de Trujillo, a través de la asociación cultural que lleva su nombre.
Pero aquella visita terminó convirtiéndose en algo mucho más importante.
El poeta Manuel Medina, entonces responsable del programa Poesía Joven, lo invitó a saludar a una treintena de escolares. El encuentro tuvo lugar en uno de los ambientes del segundo piso del Teatro Municipal, en el jirón Bolívar.
MJO aceptó gustoso.
Le encantaba conversar con los jóvenes.
Aquello que debía ser apenas un saludo terminó convertido en una clase magistral espontánea.
Acompañado por quien escribe esta crónica y por Aurea Rodríguez-Ulloa, promotora cultural y sobrina del periodista, Orbegoso habló con una sencillez conmovedora sobre su vida, sus comienzos y las innumerables experiencias que había acumulado durante décadas de ejercicio profesional.
Contó sus encuentros con grandes líderes mundiales. Habló de sus viajes por los cinco continentes. Recordó sus crónicas y reportajes y, sobre todo, explicó a los jóvenes qué significa realmente ser periodista.
Entonces volvió a aquella primera noticia.
Volvió a la plaza.
Volvió a la acusación.
Volvió a la reprimenda del director.
Y volvió al informe del ingeniero.
La anécdota le permitió transmitir a los escolares una enseñanza que resumía toda su filosofía profesional:
antes de publicar hay que investigar; antes de afirmar, hay que comprobar.
Porque, para MJO, la verdad era el arma fundamental del verdadero periodista.

El autor de la crónica con la sobrina de MJO Aurea Rodréguez-Ulloa en la biblioteca de la Casa de la Juventud, actualmente cerrada.
UNA LECCIÓN QUE SOBREVIVE
Aquella mañana, nadie podía imaginar que estaba asistiendo a una de las últimas apariciones públicas de Manuel Jesús Orbegoso.
El periodista gráfico Manuel Lara Malca, que también nos acompañaba, tuvo el acierto de registrar en video aquel encuentro. La cámara conservó así algo que el tiempo no pudo borrar: la voz de MJO, su espontaneidad, su sencillez y aquella pasión intacta por el periodismo.
Cinco meses después, Manuel Jesús Orbegoso emprendió su último viaje.
Esta vez no hubo regreso.
Han pasado 15 años desde aquel 12 de setiembre de 2011, pero su lección continúa vigente en tiempos en que la rapidez muchas veces pretende reemplazar a la investigación y en que la opinión intenta ocupar el lugar de la información.
MJO nos dejó una certeza: el periodista no está para repetir rumores, sino para descubrir la verdad; no está para servir al poder, sino para servir a la sociedad.
Por eso su memoria permanece.
Porque Manuel Jesús Orbegoso no solamente escribió grandes reportajes.
También enseñó a varias generaciones que la verdad se busca, se comprueba y se defiende.
Y esa fue, quizá, su última y más perdurable crónica.

