
Por Manuel Rodríguez Romero Periodista
Las redes sociales han transformado la manera de informar y de comunicarnos. Nadie puede negar su enorme influencia ni su capacidad para difundir un mensaje en cuestión de segundos. Sin embargo, existe una preocupante deformación de su uso cuando se pretende convertirlas en sustitutas del periodismo profesional.
Hoy proliferan páginas, cuentas y plataformas digitales conducidas por personas que no tienen formación académica, experiencia periodística ni, en muchos casos, los mínimos principios éticos que deben orientar la tarea de informar. Basta tener un teléfono celular, una cuenta en Facebook o TikTok y cierta habilidad para hablar frente a una cámara para autodenominarse «comunicador» o «periodista».
El problema no está en que cualquier ciudadano utilice las redes para expresar su opinión. La libertad de expresión es un derecho fundamental. El problema aparece cuando se presenta como información periodística aquello que carece de investigación, contraste de fuentes, responsabilidad profesional y respeto por la verdad.
El periodismo no consiste simplemente en publicar fotografías, reproducir declaraciones o transmitir en vivo. Periodismo es investigar, verificar, contextualizar, contrastar versiones y asumir responsabilidad por lo que se informa. Detrás de una noticia debe existir una conducta ética y una preparación profesional.
EL PELIGRO DE LA IMPROVISACIÓN
Resulta aún más preocupante observar cómo algunos políticos y autoridades han optado por privilegiar su presencia publicitaria en redes sociales administradas por personas sin formación periodística, desplazando a los medios y profesionales que durante décadas han ejercido esta actividad con responsabilidad.
¿La razón? Probablemente sea sencilla: en muchos casos, las redes permiten un trato más directo, menos cuestionamientos y una comunicación favorable a los intereses del político de turno.
Pero cuando la autoridad solamente busca espacios donde pueda hablar sin preguntas incómodas, sin contraparte y sin fiscalización, ya no estamos ante un ejercicio de comunicación pública transparente, sino ante una estrategia de propaganda.
Los recursos públicos y la publicidad institucional deberían administrarse con criterios objetivos, transparentes y profesionales. No deberían convertirse en premios para quienes elogian a una autoridad ni en mecanismos para marginar a los periodistas que cumplen su función de preguntar y fiscalizar.
NO TODO LO QUE TIENE SEGUIDORES ES PERIODISMO
Otro error frecuente es medir la calidad de la información por el número de seguidores, reproducciones o «likes». Tener miles de seguidores no convierte automáticamente a una persona en periodista. La popularidad no reemplaza la formación profesional y la viralidad no es sinónimo de credibilidad.
Un periodista puede equivocarse, naturalmente. Pero tiene la obligación de corregir, verificar y responder por sus publicaciones. La ética profesional establece límites que no pueden ser reemplazados por el afán de conseguir más visitas o seguidores.
La sociedad necesita información confiable, especialmente en tiempos en los que circulan diariamente noticias falsas, rumores, manipulaciones y campañas de desinformación.
Por ello, las redes sociales deben ser aliadas del periodismo, no su sustituto improvisado.
DEFENDER LA PROFESIÓN
Los periodistas tampoco podemos permanecer indiferentes. Corresponde defender nuestra profesión no desde el corporativismo, sino desde la exigencia de calidad, ética y responsabilidad.
Las nuevas tecnologías han cambiado las herramientas, pero no han cambiado los principios fundamentales del periodismo. El celular puede reemplazar a una cámara; una transmisión en vivo puede sustituir a un enlace tradicional; una plataforma digital puede ampliar enormemente el alcance de una noticia. Pero ninguna tecnología puede reemplazar la formación, la investigación, el criterio profesional y la ética.
Y LOS POLÍTICOS DEBERÍAN ENTENDERLO.
Una democracia necesita autoridades dispuestas a comunicar, pero también periodistas capaces de preguntar. Necesita difusión de las obras y acciones gubernamentales, pero también fiscalización. Necesita comunicación institucional, pero no propaganda disfrazada de información.
Las redes sociales llegaron para quedarse. Lo que no debería quedarse es la idea equivocada de que cualquiera que tenga una cámara y una página puede ocupar el lugar de un periodista profesional. Porque informar no es simplemente hablar. Informar es asumir la responsabilidad de decir la verdad.

