

Por:
Manuel Rodríguez Romero
Periodista
La postulación de César Acuña a la Presidencia de la República por Alianza para el Progreso (APP) volvió a colocar en el centro del debate nacional a uno de los personajes más influyentes de la política peruana contemporánea y también el más golpeado mediáticamente por un “poder oculto”, que no acepta que un provinciano que salió de la pobreza llegue a gobernar el Perú.
No se trata de un candidato improvisado. Acuña ha sido 2 veces congresista, 2 veces alcalde provincial de Trujillo y 2 veces gobernador regional de La Libertad. Su trayectoria le ha permitido construir una maquinaria política con presencia territorial y una base social sólida, especialmente en el norte del país.
APP ya no es una agrupación emergente: es un partido con representación parlamentaria, cuadros técnicos y estructura organizada; tiene alcaldes y regidores, gobernadores y consejeros regionales a lo largo del territorio nacional. Esto, en un país con organizaciones políticas débiles y efímeras, es un activo que no puede minimizarse.
Sin embargo, la experiencia no es el único criterio que evalúa el electorado. La figura de Acuña arrastra ciertos cuestionamientos producto de una “guerra sucia” desatada en procesos electorales anteriores. El reto del líder de APP no solo es presentar propuestas, sino convencer a un país escéptico de que puede encarnar un cambio responsable y confiable.
El Perú, como sabemos, atraviesa una crisis de representación profunda. El descrédito del Congreso, la confrontación permanente entre poderes del Estado y la inestabilidad institucional han generado un clima de hartazgo ciudadano. En ese contexto, Acuña busca proyectarse como una alternativa de gobernabilidad, apelando a su experiencia administrativa y a un discurso de estabilidad.
Desde el norte, su figura tiene peso específico. Pero la Presidencia exige construir consensos más allá de las bases tradicionales, habiéndolo logrado también en gran parte en el oriente peruano. El pueblo exige credibilidad económica, solvencia técnica y, sobre todo, capacidad de diálogo en un escenario fragmentado.
El próximo mandatario no solo deberá administrar el país, sino recomponer puentes entre sectores enfrentados. De ahí que la postulación de César Acuña reabre además el debate sobre el tipo de liderazgo que necesita el Perú: ¿uno pragmático, de gestión y estructura partidaria, o uno que represente una ruptura más profunda con la clase política tradicional? APP apuesta por la primera opción. El electorado decidirá si ese camino es suficiente para enfrentar los desafíos nacionales.
En democracia, toda candidatura es legítima. Pero no todas logran convertirse en proyecto de país. El desafío para Acuña no es solo ganar votos, sino demostrar que puede liderar un proceso de estabilidad y crecimiento en medio de una sociedad cansada de promesas incumplidas. El 2026 no será una elección más: será un examen de confianza para todos los actores políticos.

