

Por Manuel Rodríguez Romero
Periodista
La reciente intervención de “Popy” Olivera durante el debate presidencial no solo resultó decepcionante, sino profundamente irresponsable. En lugar de contribuir con ideas, propuestas o una visión de país, optó por un discurso cargado de acusaciones graves contra César Acuña, sin sustento demostrado en ese espacio, desnaturalizando por completo el propósito del debate democrático.
Señalar, sin pruebas presentadas en ese momento, que un adversario político estaría vinculado al narcotráfico, que una universidad serviría como mecanismo de lavado de dinero, o que lideraría una organización criminal, no es fiscalización política: es una forma peligrosa de difamación pública.
Este tipo de intervenciones no elevan el nivel del debate, lo degradan. Y lo que es peor, siembran desconfianza en la ciudadanía a partir de afirmaciones que, por su gravedad, deberían tratarse con responsabilidad y en los canales correspondientes, no como munición electoral.
La política exige firmeza, pero también rigor. Criticar al adversario es válido; hacerlo sin argumentos sólidos y sin presentar propuestas propias es una muestra de debilidad, no de fortaleza. El país no necesita candidatos que griten más fuerte, sino líderes que piensen mejor y propongan soluciones reales a los problemas urgentes que enfrentamos.
El debate presidencial es un espacio para contrastar ideas, no para protagonizar ataques personales sin sustento. Lo ocurrido deja una lección clara: cuando el discurso político se vacía de contenido programático, se recurre al ruido. Y el Perú merece mucho más que eso.

