

Por Enrique Paz
En España son justos e hidalgos en reconocer que el mal, o el mayor defecto de los españoles, individual y colectivamente, es la envidia. Con tanta seguridad y convencimiento afirman de este lastre nacional, que en las “Conversaciones” de Camilo José Cela, premio Nóbel de Literatura 1989, el destacado escritor y jurista Manuel García Pelayo señalaba que; “si la envidia se pudiera industrializar, España sería la primera potencia mundial”., (Revista “Intervieuw”, 1984).
Realidad que bien sirve para encontrar respuesta al por qué de los peruanos somos como somos; dignos herederos de nuestros conquistadores y fieles conservadores de un linaje de virtudes y defectos, entre los que resalta, con nitidez, la tara de sufrir o herirse por el bienestar del otro.

En el Perú nos cuesta aceptar, menos celebrar, el bien ajeno. Por el contrario, el éxito de los demás, suele malograrnos el ánimo. Tanto que soslayamos nuestra propia valía porque el escenario lo copa el otro, que es “el demonio”, según Sartre. Como si aún no hubiéramos logrado superar aquellas etapas formativas de la niñez y la adolescencia, no alcanzamos la madurez para aceptar que la felicidad ajena bien puede ser un componente de la dicha nuestra.
El presente texto copila las experiencias de uno de los personajes más notables de la sociedad peruana. Un triunfador, de eso no cabe la menor duda, que ha hecho con su vida lo necesario y lo suficiente para demostrar que también se puede alcanzar el éxito, en el Perú, con el trabajo digno y honesto.

César Acuña Peralta es un realizador por excelencia, capaz de convertir los sueños más osados en realidad. Hombre de voluntad férrea, visionario y con metas que, una a una, las alcanza porque Dios, o la Diosa Fortuna, parecen estar de su lado. Gestor de logros que inciden en el progreso y bienestar de miles de peruanos. Quizás su obra de mayor envergadura sea el consorcio de universidades, que creara a partir de la década del noventa, que beneficia a estudiantes, maestros y padres de familia, pero que destaca por el valor agregado que la infraestructura de sus instalaciones otorga a diversas zonas del país.
Sembrador impenitente, a nuestro personaje parece no importarle tanto la cosecha, como sí la continuidad de sus proyectos, los cuales, según él, son como un mandato de Dios. Dueño de una sensibilidad natural y espontánea, señala que acata el mandato divino de compartir y que cuánto más da, más recibe.

Sin embargo, César Acuña sostiene una impredecible lucha contra los que no aceptan sus triunfos y menos sus éxitos en todos los planos en los que se realiza. Por ello quizás este documento pueda servir tanto para disipar algunas dudas que, sobre su calidad humana, hubiera, como para copiar la receta paradigmática de quien ha sabido triunfar; como académico, empresario y ahora como político.
Cada ser humano es una historia, y cada historia tiene lo suyo. Alguna más atrayente que otra, quizás porque en el discurso vital armonizan lo épico y lo tópico. La de César Acuña, tiene un atractivo especial. Quien se anime a ingresar, por curiosidad o por alguna buena razón, en el bosque de sus vivencias, es muy probable que descubra la sencillez de su receta para la vida. Una gran fe en Dios, su inquebrantable amor por sus padres y por la tierra que lo vio nacer. Así de sencilla su fórmula: “Si tú estás con Dios, el triunfo es seguro”, afirma.


