
NOTA DEL EDITOR.
El 25 de octubre se cumplieron 35 años de la partida a la gloria del novillero trujillano «Joselito»(José María Castro Cruzado). Su hermano el distinguido periodista Carlos Castro Cruzado, publicó en su facebook una emotiva crónica que reproducimos.
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Escribe:
Carlos Castro Cruzado
-¿No han visto la sábana que tenía en esta cama?
La pregunta de nuestra madre nos tomó por sorpresa
-No, no la hemos visto -respondí por todos, como hermano mayor y ahí quedó.
Pero la historia recién empezaba.
-¿Has visto a tu hermano José en el corralón? -me preguntó días después un amigo, vecino de nuestra casa, en José Gálvez 852, Chicago, Trujillo.
-No, no lo he visto -respondí
Esperé que llegara la noche para ir al corralón que estaba cerca de nuestra casa.
Llegué en silencio.
Ahí estaba la sábana de mamá, solo que no era blanca. Se había convertido en una capa roja y José, como lo llamábamos entonces, la usaba para sortear a los muchachos.
Fue la primera vez que lo ví con una capa imaginaria en mano.
Y entonces supe y supimos todos en casa, papá, mamá, hermanos, que su decisión era ser torero.
Nada lo cambió. Ni nuestras preocupaciones ni en especial las de nuestra madre, ni los revolcones que recibía en sus primeros pasos en las provincias.
Su único sueño, como el de sus compañeros de ruta, era convertirse en novillero.
Y lo logró con esfuerzo, dedicación, pasión y entrega.
Pronto su nombre, Joselito, apareció en los carteles.
Y los aficionados comenzaron a premiar su entrega y valor.

Joselito parecía haber nacido entre los toros. Es cierto, veníamos del campo y de Pacanga, pueblo en donde es natural cruzarse con el ganado en el camino, pero enfrentarse a esos astados era diferente.
La primera vez que lo vi fue en la plaza de Acho. Era uno de los participantes del concurso Buscando un novillero.
La segunda vez, en la Plaza de Trujillo. Había dejado atrás su etapa de novillero, ahora era matador.
Aún tengo viva la imagen de cómo recibió al toro, de rodillas, firme, mientras el cornúpeta pasaba a su lado. Lo miraba con asombro y recordaba sus inicios, sus primeros pasos, en el corralón y en la azotea del edificio del hotel Pizarro, en el centro de Trujillo. A veces lo iba a ver por la noche, cuando salía de La Industria.
Ahí estaba esa tarde frente a un toro de más de 500 kilos. Resistiendo a pie firme las arremetidas del animal, sorteando con el capote, o trazando sus naturales con la muleta, citando, invitándolo a sumarse a la suerte de esa tarde.
Lo vi también salir en hombros de su escuadrilla, sonriente, feliz.
El texto de Alfonso Campos Pérez, nuestro querido Pocho, en el FB de mi hermana Gloria Castro Cruzado me ha llenado de recuerdos de Joselito y de los amigos que estuvieron con él desde el inicio. Me gustaría citarlos, pero temo olvidarme de alguno de ellos y sería injusto porque eran una hermandad.
Joselito siempre está presente en nuestros corazones por su bondad, por su cariño, por lo solidario que fue con cada uno de nosotros, cuando los tiempos se tornaron difíciles por razones políticas. Pero esa es otra historia.
Hasta pronto, mi querido y amado matador Joselito

