
Escribe:
Oscar Alvarez Sánchez
Periodista
Gustavo Álvarez Sánchez –cariñosamente llamado “huaquero ilustrado” por sus colegas que, además de quererlo, lo admirábamos por su pasión arqueológica y espíritu aventurero- estará por siempre vinculado al “descubrimiento” de las milenarias ruinas del Gran Pajatén, repartidas en decenas de kilómetros a la redonda entre los ríos Abiseo y Apisoncho en los selváticos límites territoriales de las regiones La Libertad y San Martín.
Aunque los primeros que avisaron las colosales construcciones líticas fueron el alcalde Carlos Tomás Torrealva Juárez y un grupo de sus acompañantes en la municipalidad distrital de Pataz, interesados en conquistar tierras agrícolas, el explorador estadounidense Gene Savoy se ingenió para oficializarse ante el mundo como ”descubridor”, pese a que fueron los pioneros patacinos quienes, además, construyeron el helipuerto con el que aterrizó en el lugar preciso para acarrear pruebas de su histórico hallazgo.
Gustavo –también conocido con el acrónimo GAS que utilizaba como seudónimo—arribó antes a lomo de mula y a pie y jamás se jactó de su hazaña que bien pudo documentar con las decenas de fotografías impresas in situ, varias de las cuales fueron publicadas por el diario Última Hora, del que era corresponsal en Trujillo

Bastaría con revisar el archivo del famoso vespertino limeño, para informarse del itinerario y las peripecias del inolvidable periodista que también era jefe de redacción del diario La Nación de Trujillo, entonces dirigido por Washington Chico Herrera.
Recuerdo que –como Última Hora pertenecía la Empresa Editora La Prensa S.A.-, cuya corresponsalía departamental en La libertad me honraba en dirigir- Gustavo tenía espacio en la gran oficina que funcionaba en plena Plaza de Armas.
Así que la víspera del día que decidió alcanzar en Pataz a Torrealva y a sus compañeros para preparar el descubrimiento de Savoy, llenó varias carillas y las clasificó en sobres membretados de su periódico y me encargó remitir día a día junto con mi cotidiano despacho para La Prensa.

Los corresponsales de los otros diarios capitalinos nunca se enteraron que Gustavo había escrito, antes de partir, las “primicias” que Última Hora publicó durante una semana consecutiva. El periodista dio cuenta, por ejemplo, de su encuentro con el grupo patacino y la noticia apareció con foto incluida de Torrealva que Gustavo había adjuntado al texto de la serie graduada.
Siguió, al otro día, el relato del tortuoso viaje a la selva en el cual sus amigos lo salvaron, con unas pócimas vegetales de morir envenenado por una serpiente voladora con asombroso realismo, culminaba con el arribo al destino y la descripción de un edificio circular, con cabezas clavas, relieves antropomorfos y felinos. Años después, me explicó que la casi exacta descripción se basó en lo referido por Torrealva en una carta previa al viaje.
Gustavo volvió con sus propias fotografías y dio continuidad a sus remesas periodísticas. El gringo Savoy viajó tiempo después en el helicóptero fletado por la Empresa Nacional de Turismo –ENTURPERÚ- con modernos equipos de fotografía, médico y asistentes, retornando con algunas valiosas piezas arqueológicas.
Pronto una universidad de los Estados Unidos lo apadrinó y el “heroico descubridor” publicó un libro, hizo fortuna y vivió un confortable retiro hasta sus últimos días. A Gustavo, en cambio, nos lo arrebató un cáncer estomacal contraído durante la búsqueda de petroglifos y demás huellas de pretérito peruano.

