El tropiezo de Absalón Vásquez y el camino que llevó a Fujimori a la presidencia en 1990

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Por:

Manuel Rodríguez Romero

Periodista

 Dicen que las caídas anuncian malos presagios. Los supersticiosos las interpretan como una advertencia del destino. Ojalá esta no lo sea.

El exministro Absalón Vásquez protagonizó hoy una escena inesperada cuando, pocos segundos antes de jurar como senador, tropezó con un escalón y cayó aparatosamente mientras se dirigía al estrado. Ayudado por sus colegas, se levantó y continuó con la ceremonia como si nada hubiera ocurrido.

Más allá del incidente, el episodio removió un viejo recuerdo que permanecía intacto en mi memoria desde hace 36 años. Bastó ese tropiezo para regresar mentalmente al domingo 10 de junio de 1990, el día en que el Perú eligió presidente entre Mario Vargas Llosa, del Fredemo, y un ingeniero agrónomo casi desconocido llamado Alberto Fujimori. Por entonces era jefe de Redacción del diario La Industria.

Aquella tarde me encontraba con un grupo de amigos en una rústica ramada de Huanchaquito. Mientras degustábamos unos cangrejos recién preparados, esperábamos el primer flash electoral que, como millones de peruanos, escucharíamos por la voz inconfundible de Humberto Martínez Morosini, desde Panamericana Televisión.

Entre los presentes estaba Leonidas Cruzado Quiroz, histórico dirigente del valle Chicama, exsenador aprista y hombre muy cercano a Víctor Raúl Haya de la Torre. Me acompañaba Roberto De la Cruz Rodríguez, amigo desde mi niñez.

Cuando Morosini anunció que Alberto Fujimori había derrotado a Mario Vargas Llosa, Leonidas Cruzado se levantó de un salto, alzó los brazos y celebró con una alegría que contrastaba con la tristeza que embargaba a buena parte del aprismo.

Aquella reacción me desconcertó.

¿Cómo podía un dirigente histórico del APRA celebrar el triunfo de quien aparecía como un candidato ajeno a su partido?

La curiosidad periodística pudo más que la prudencia. Me acerqué para preguntarle.

Su respuesta fue una larga explicación sobre los entretelones políticos de aquella campaña. Era una interpretación nacida desde el interior del propio aprismo, una versión que nunca olvidé porque ayudaba a comprender mejor una de las elecciones más sorprendentes de la historia republicana.

Para entonces, el primer gobierno de Alan García llegaba a su fin en medio de una crisis devastadora. La hiperinflación pulverizaba los salarios, el terrorismo sembraba miedo, la propuesta de estatizar la banca había fracturado la confianza empresarial y los escándalos de corrupción erosionaban aceleradamente la credibilidad del régimen.

El APRA sabía que difícilmente conservaría el poder.

Los resultados de la primera vuelta confirmaron ese escenario. Mario Vargas Llosa obtuvo el 32.6 % de los votos; Alberto Fujimori, el 29.1 %; Luis Alva Castro, candidato aprista, apenas alcanzó el 22.5 %, mientras Henry Pease logró el 8.2 %.

Hasta entonces, Fujimori era conocido principalmente en el ámbito universitario. Había sido rector de la Universidad Nacional Agraria La Molina y presidente de la Asamblea Nacional de Rectores. Para la mayoría de peruanos era, además, el sobrio conductor del programa televisivo Concertando, transmitido por el canal del Estado.

Su irrupción en la política fue tan rápida como inesperada.

En ese contexto apareció Absalón Vásquez, el hombre clave en la fundación de Cambio 90, el que recolectó las firmas para inscribir ese movimiento en el JNE.

Ingeniero agrónomo, compañero de promoción de Fujimori en La Molina y exviceministro de Agricultura durante el gobierno aprista, fue uno de los hombres que acompañó desde el inicio la construcción de Cambio 90.

Según la versión que aquella tarde compartió Leonidas Cruzado —y que con los años ha alimentado diversos análisis políticos—, desde algunos sectores del aprismo se observaba con simpatía el crecimiento de Fujimori como una alternativa capaz de impedir el triunfo de Mario Vargas Llosa. Esa interpretación forma parte del debate político sobre los acontecimientos de 1990 y continúa siendo motivo de discusión entre historiadores y protagonistas de la época.

Lo indiscutible es que Cambio 90 logró articular, en muy pocos meses, una fuerza política integrada por pequeños empresarios, sectores populares, organizaciones agrarias y numerosas iglesias evangélicas. Lo que parecía una candidatura testimonial terminó convirtiéndose en el fenómeno electoral que cambiaría el destino del Perú durante la década siguiente.

Treinta y seis años después, la caída de Absalón Vásquez antes de jurar como senador me recordó aquella conversación en Huanchaco.

A veces la historia no vuelve con grandes discursos. Regresa de manera inesperada, escondida en un gesto, en una imagen o en un simple tropiezo.

Y entonces comprendemos que, detrás de ciertos episodios aparentemente casuales, suelen ocultarse las claves de los grandes acontecimientos que marcaron el rumbo de un país.

Manuel Rodríguez



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