CONVERSATORIO EN MOCHE/ “La literatura, una forma muy hermosa de vivir” (PARTE II)

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Escribe:

Mauricio Mantilla Nuñez

Alumno

A las diez de la mañana de aquel jueves, nos sumergimos en un evento trascendental, un viaje profundo guiado por la Maestra Dina y sus invitados excepcionales. La atmósfera se llenó de un palpitar emotivo que envolvía cada palabra, cada verso, convirtiendo aquel conversatorio en una experiencia inolvidable.

Dina, con la maestría de una artista que teje emociones con las letras, nos condujo a través de sus obras, revelando inspiraciones tan íntimas como intensas. Nos habló de Mochecito con una pasión que encendía la sala, contándonos historias de cuentos, poemas, y la danza de la marinera. «El Dulce Valle dormía y la niña ajena cantaba, hay Moche que te me duermes, entre recuerdos de la infancia», resonaron sus palabras, cargadas de una nostalgia que abrazaba nuestros corazones.

En el eco de su voz, descubrimos la vida detrás de sus creaciones. La pérdida de su madre hace siete años, un dolor que se convertía en poesía. «Oscura a tu saber, y así me amaste, arrópame los pies y esculpa mis sentidos, mira lo grande que soy, y aún te llamo cuando tengo frío», declamó, y en sus versos encontramos la esencia pura de un amor materno que trasciende el tiempo.

Entre las páginas de sus relatos, nos regaló la metáfora de una mariposa que entablaba diálogos con niños y flores. Este cuento, más que una narrativa, se convirtió en una danza de imágenes que pintaba la belleza y fragilidad del mundo natural. La mariposa, desde su etapa de oruga hasta el deslumbrante vuelo, simbolizaba el viaje de la vida, un proceso a veces arduo, pero siempre revelador.

En las palabras de Dina resonó el llamado apasionado a cultivar la literatura en los jóvenes. «Debo ascender, no puedo quedarme en el nivel en el que estoy, ¿De qué manera puedo hacerlo?… A través de la lectura», proclamó, y sus palabras se convirtieron en un eco vibrante que nos recordaba que cada página leída no solo es un paso, sino una elevación del alma hacia horizontes más amplios.

En el viaje fascinante por las letras, Gerson Ramírez se erigió como el arquitecto de emociones, tejiendo con maestría la esencia de la experiencia literaria que nos envolvía. Nos guió a través de las páginas del tiempo con la cautivadora historia de «Panki y el Guerrero» de Ciro Alegría, ilustrándonos sobre la necesidad de afrontar los temores con valentía y voluntad.

La danza de las palabras continuó con la poesía de Vallejo, donde los amores líricos se entrelazaban en un ballet de emociones contrastantes. Cada verso, como pétalos de una rosa, revelaba la complejidad del sentimiento humano. Gerson nos sumergió en la dualidad de los versos, donde el amor y el desamor coexisten, creando una sinfonía de emociones que resonaba en cada rincón de la sala.

La narrativa tomó un giro revelador al explorar la obra de José María Arguedas. La historia de la joven atrapada en la espiral de la desesperanza, desquitándose con los animales, se convirtió en un espejo que reflejaba las luchas sociales y las expectativas impuestas. Gerson, con palabras elocuentes, nos recordó que la insatisfacción perpetua y la búsqueda desenfrenada de superioridad generan divisiones que, paradójicamente, nosotros mismos lamentamos.

Entre susurros melancólicos, nos sumergimos en las profundidades del poema «Mi Analfabeta». La abuela de Gerson, una mujer trabajadora sin saber leer ni escribir, se convirtió en el epicentro de una experiencia que trasciende las palabras. El poema, como un río que fluye con la esencia de la vida, se expandió para revelar más de la historia. La abuela, llegada joven de la sierra, ofrecía una visión única del mundo, donde la verdadera sabiduría no se encuentra en la academia, sino en la experiencia de la vida.

El clímax emocional alcanzó su cenit con un fragmento de «El nombre de los días» (El Billete Naranja). Gerson, compartiendo un billete con su hermano, nos transportó a una noche llena de lágrimas y silencios, marcando un momento que trasciende el tiempo. La experiencia, como una huella en el alma, perduró más de tres décadas. El billete naranja, reposando sobre las páginas de un libro, se convirtió en un símbolo tangible del valor de los momentos compartidos.

En resumen, esta experiencia fue un despertar emocional, una inmersión en la profundidad de la condición humana a través de las palabras de dos artistas excepcionales. Nos enseñaron que la literatura no solo es un medio de entretenimiento, sino un vehículo para explorar la gama completa de emociones humanas. Aprendimos que el arte puede transformar el dolor en belleza, que la valentía es esencial en nuestro viaje personal y que la verdadera sabiduría se encuentra en las experiencias compartidas. Fue un recordatorio de que, a través de las historias, encontramos no solo conocimiento, sino también consuelo, entendimiento y conexión con nuestra propia humanidad.

 

Manuel Rodríguez



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